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Andrea se despertó al medio día, con la noche anterior todavía pegada en su pelo negro. Se duchó despacio con la clara intención de borrar a Sergio, para que su perfume la dejara en paz. El jabón se deslizaba por sus rincones, el recuerdo de su boca le molestaba, pero allí estaba, como una mosca yendo y viniendo alrededor de su mente.
Casi no secó su piel, el calor se encargaría, la ciudad ardía afuera y pretendía entrar por la ventana. Se tiró en el sillón, la TV ronroneaba noticias sin fundamento, el canal de animales estaba feroz, voraz, como ella cuando se preparaba para salir.
El refrigerador no tenía más que restos incomibles y un par de latas, la cerveza le cayó por dentro apagando cualquier llama que hubiera quedado. Necesitaba algo más que recuerdos en su estómago vacío.
Se paró frente al ropero y observó, eligiendo con cuidado el arma que usaría. El espejo era clave. Se probó veinte prendas, combinadas hasta que un vestido cayó sobre su piel y supo que ése era. Azul, de seda, muy suave. Nada de usar ropa interior, era día de cacería. Hizo que sus ojos verdes se encendieran casi tanto como su boca roja, tan roja que no daba lugar para nada más, tendrían que mirarla.
Los hombres se presumen cazadores, pero una boca húmeda los atrapa como un cepo. Es tan fácil que dejen de pensar, es tan sencillo llevar su mirada donde convenga. Las piernas, las piernas que hacen añicos la mente, sus mentes de machos, cayendo por los muslos, hacia el premio mayor.
Cuando salió, eran las dos de la tarde y el hambre le crecía por dentro, mientras la brisa hacía su trabajo con la liviana seda de su vestido azul. Checó las miradas, si, había respuestas, los ojos buscaban ver más allá… la trampa empezaba a funcionar.
Entró al restaurante sin un céntimo, pero con mucha clase, miró directo a los ojos del mozo y le pidió lo mejor del menú, hablando despacio, dándole tiempo para que se mareara con el movimiento de sus labios. Pronto el joven estaba servido en su mesa, junto con la carne y la ensalada de hongos que llegarían.
Esperó el plato, sin dejar de mirar al mozo y a su jefe, que parecía ser el dueño del local. Un hombre de cuarenta y tantos, de recio bigote y mirada esquiva, que poco a poco fue entrando entre sus piernas, alineadas bajo la mesa. Como al descuido, dejó caer su servilleta y las abrió sólo un poco, como si tuviera pudor, dejando ver que no había bragas ni nada que contuviera la suave piel. La visión los hizo estallar.
Al traer su pedido, el joven sonreía, sin disimular su excitación, pero conservando el decoro. Le dejó el plato, desde atrás, rozando su hombro desnudo. Desde allí, podía ver los senos apenas cubiertos por la seda azul. El hombre de la barra observaba sin perder un detalle, con su mano en el bolsillo, casi tocándose. Los demás, los que no tenían guardia femenina, fueron cayendo uno tras otro, como moscas adhiriéndose a la seda azul.
Comer era una tarea fundamental, los hombres sueñan con entrar en la boca, se vuelven comida en un instante. Cada bocado llevado entre los labios fue puro arte, el tenedor entraba lento apoyándose en la lengua anfitriona, después los labios se cerraban despacio quedándose con lo mejor. El vino regaba todo, lubricando las comisuras. Y llegaba el siguiente bocado, todos esperaban verla de nuevo, no se perdían detalle… Andrea lo sabía.
Cuando terminó, todos estaban embriagados de deseo. Ella tomó su cartera y buscó su tarjeta de crédito, que por supuesto, no tenía un solo dólar de crédito, se la alcanzó con una sonrisa mientras el mozo todavía no lograba apartar la imagen de su mente. El hombre de la barra, quitó la mano húmeda de su pantalón, tomó la tarjeta y la pasó por la ranura. La tarjeta vuelve a la mesa. Andrea se ruboriza magistralmente y simula sentirse angustiada, se gira en la silla, como si fuera a pararse, eso deja aniquiladas las mentes de los demás comensales, que ven con claridad ese pequeño triángulo de piel, tan apetecible, tan depilada.
Ella se incorpora, con preocupación exagerada, tomándose la cara con ambas manos, lo que hace que sus pechos se reúnan en una verdadera conspiración. Los hombres del lugar ya no tienen remedio. Se lanzan a la carrera tres de ellos, intentando disimular la competencia por llegar a la mesa… el ganador es un hombre delgado, de gran estatura, saca de su bolsillo una gorda billetera, y sin dudarlo, tiende dos billetes de 100… el ganador paga.
Ella se niega dos o tres veces, pero como era de esperarse, él insiste y a cambio, se sienta en la mesa. Llega un champagne, Andrea está muy satisfecha con su vestido de seda azul, toma los datos del hombre como si fuera a devolverle el dinero, y se despide. Todos envidian al ganador, aunque nadie sabe muy bien qué fue lo que ocurrió. Los hombres se sienten tan bien después de imaginarse con una mujer así…
Salió de allí y la brisa volvió a levantar el corto vestido, la ciudad estaba a sus pies, era momento de comprar zapatos… y un sombrero tal vez. Entró en la tienda, buscando al mejor vendedor, desde lejos lo acechó hasta que el hombre abandonó a una clienta para acudir al llamado de sus ojos verdes. Le explicó sin dar muchos detalles, de esa manera, él tendría que probarle varios pares. Ella se sentó frente a un espejo y midió la vista, para ser sutil. El atractivo joven se arrodilló frente a ella, ya lo tenía. Pensó tomar su cara y hundirla entre sus piernas, pero en lugar de eso, dejó que él le probara unos hermosos zapatos grises, una mano en el zapato y la otra… sosteniendo la pantorrilla. El calor los envolvió como un tornado. El joven comenzó a transpirar. Andrea entreabrió, relajando apenas sus rodillas, para que el aliento de él llegara hasta el umbral, mientras simulaba mirar en el espejo los zapatos. Él no pudo con eso, se relamió imperceptiblemente, su respiración se aceleró.
Un cliente se percató, el espejo le permitía llegar a esa escena como un fisgón. Ella lo capturó y le sonrió, “veo lo que haces”, le dijo con la mirada. Los zapatos pasaban por sus pies y ellos caían como insectos. Cómo le gustaba verlos tan indefensos, muriendo por ella bajo el yugo de sus largas piernas. Cómo le excitaba ese hombre a sus pies, esclavizado por su propia mente y por la piel de ella. La escena de la tarjeta se repitió impecable y eficaz, como siempre. Hubiera querido llevarse a ese hombre detrás del mostrador y montarlo hasta acabar con el fuego. Pero salió de allí justo cuando el crepúsculo llenó su vestido de violetas.
Quién podría resistirse después de tocar sus tobillos, quién no dejaría que el pensamiento viajara como ave de presa… ese bendito triángulo no dejó de atontarlos a todos, en aquélla tarde de verano. Su piel se puso salada, el calor y las miradas, el sol y los deseos, la condimentaban. Hasta los espejos la seguían por las veredas.
Las mujeres la odiaban con intensidad, todas querían verse así, tener ese vestido de seda azul y esos zapatos de tacones como estiletes. Todas querían despertar la carne dormida de los hombres. Querían esas miradas, esos espejos, y que su boca fuera por delante como un arma lista para disparar.
La tienda de lencería fue fácil, los hombres que compran allí tienen amantes y saben de trampas, saben gozar. Luego fue por su capricho, un sombrerito que realzara su mirada: bastó con darse vuelta para que el vendedor se lo colocara, mientras ella veía sus párpados caer por su espalda. Tocar el pelo largo y rabioso, era acceder a la pasión en un expreso sin paradas. El tipo le probó tantos como pudo, con tal de sentir el aroma de su cuello. Le respiraba cerca del oído mientras preguntaba: “¿te gusta?”. Andrea supo que estaba en problemas, pues sentía su íntima humedad lubricando la entrada. No hizo falta sacar la tarjeta, sólo le bastó con escribir un número de teléfono inventado para llevarse el sombrero de regalo. Hubiera jurado que el hombre corrió a masturbarse, después de estar detrás de ella durante esa eternidad.
La más difícil era la del mercado, una cacería de estrategias refinadas, las mujeres la detestaban, el secreto era que no estuvieran en la caja. Recorrió varios negocios hasta encontrar uno donde él estaba en la caja y su mujer se ocupaba de las ventas en el sector de los regalos, lejos de su vista.
El tipo intentó ser fiel, pero no pudo evitarlo y fue arrastrado por la seda azul. Andrea se esmeró con el pobre hombre, su mujer era tan fea, podría asegurar que ya no se excitaba. Le daría un buen obsequio a cambio de lo que llevara. Le sonrió sensual, robándose una uva que acarició con la lengua antes de introducirla por completo en su boca. El hombre estaba absorto, quería ser uva y hacerse jugo entre esos labios. Se colocó muy cerca de la balanza donde él pesaba cada fruta que iba a llevar, con disimulo, lamió una cereza y sólo mordió la punta, arrancándola suavemente, el resto lo utilizó para acariciar su cuello y dejarlo caer entre los pechos. La cereza cayo y ella abrió el escote de su vestido, como buscándola, sin dejar de mirarlo. El hombre pudo ver que no llevaba nada y que la cereza se deslizaba hasta su vientre desnudo, terso, ella levantó apenas la rodilla y la cereza se detuvo justo en la entrepierna. Nadie podía suponer semejante pasión desatada en ese instante. El hombre le sonrió, agradecido como un niño, y puso más de lo que ella necesitaba en una enorme bolsa. Qué dulce se sentía ser inspiración para ese muerto en vida.
Al anochecer, Andrea regresó cargada con paquetes y bolsas, por unos días, no saldría a cazar. Al llegar a casa, otra vez Sergio, y su pulgar apenas apoyado en el control remoto. No la miró. Ella guardó el botín, se puso un pantalón suelto y una vieja playera.
Fue a la cocina, preparó unos fideos con albahaca y unos huevos revueltos, esparció queso sobre los platos y sirvió una improvisada cena en la mesa baja del living. Apenas le habló, para pedir más sal, sin sacar un ojo de la pantalla. Tan desprolijo, tan áspero su hombre.
A veces lo miraba y se preguntaba por qué, entre todos, lo había elegido a él, que no tenía idea del fuego que le corría por las venas. Por qué no la miraba como los otros, ni caía en su trampa, era un verdadero misterio. Ese hombre era su esposo desde hacía tres largos años, y jamás la había visto con el vestido de seda azul; Sergio no lo merecía, no tenía nada que ofrecerle. Si Sergio supiera quien era ella en realidad… pero sólo tenía ojos para el aparato de TV y para su horrible ombligo oculto en la grasienta carne. No quería, pero era tarde, ya lo odiaba demasiado.
Hombres de verdad, eran los que estaban afuera, esperándola, los que se volvían tímidos ante sus ansias. Esos que titubeaban al tocarla, los que temblaban por ella cuando quedaban en soledad, los que la miraban como mira un sediento el oasis lejano. Por las noches, mientras Sergio dormía en su nada, ella los recordaba uno por uno y dejaba que llegaran como una dulce y suave horda de caballeros; disfrutaba de sus dedos, sus labios por todas partes, sus perfumes mezclados enredándose en su pelo. Los veía competir por llegar primero, ella se humedecía tanto, que todo el mundo resbalaba hacia allí, como un vórtice suculento del que comían todos a la vez. Se acariciaba, conteniendo el aliento, intentando no agitarse para que Sergio continuara durmiendo en paz.
Podía ver cada gesto lascivo, cada boca que deseaba sus besos, cada mano recorriéndola por trechos. Andrea encontraba su éxtasis imaginando esos rostros desencajados, ojos cerrados dejándose ir en fluidos inevitables, imaginaba sus voces susurrando, quejándose del placer insoportable que se adueñaba de ellos, hasta que obtenían el calor, la tibieza mojada que aguardaba bajo el vestido azul. Así los poseía a todos, sin salir de su cama, en esa habitación donde los ronquidos de Sergio ahogaban lo que quedaba de amor.
Por las noches, Andrea degustaba los mejores bocados de la ciudad, se sumergía en la pelvis de los más atractivos, rondaba sus pliegues, sus músculos compactos que resistían en su boca hasta las últimas consecuencias.
Ella quería darles lo que pedían sin voz, regalarles un recuerdo que llevaran para siempre. Les obsequiaba belleza, fantasías ilimitadas, momentos de locura. Les entregaba mil noches en un instante, inspirándoles lujuria sin pudor. A cambio, se llevaba unos cuantos objetos, era un justo intercambio, con poco costo y gran satisfacción. Después, ella podía soñarlos y ellos… poseerla cada vez que la trajeran a su memoria. Era lo menos que podía hacer, después de todo, ellos eran quienes pagaban las cuentas.
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Nota: Cuento seleccionado para antología de Colección Deseo de DISLIESIND

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